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Sombra bajo la luna

Me dijeron que cuerpo no me pertenecía. Y que mi sombra tampoco. Así que, durante toda mi vida, o gran parte de ella, solo se había dedicado a arrastrarse detrás de mí como un perro persiguiendo un hueso. A veces, la miraba cuando pestañea y yo no lo hacía. Ella me sonreía, con una boca que yo nunca tuve y una sonrisa amable que llegaba a sus ojos, mas no a los míos.

Pero incluso aquella costumbre de su presencia era extraña, y se volvió insoportable cuando me di cuenta que ya no necesitaba luz para que me siguiera. Durante cada noche, allí estaba ella. Más nítida que nunca, recostada sobre la pared de ladrillo reluciente, con la piel brillando a la luz de las velas. Siempre se veía etérea. E increíblemente tímida también. La observé por más tiempo del necesario, y aprendí que tenía tanto miedo de mí como yo de ella.

Aunque todo cambió la primera noche que me habló, mas no usó palabras. Porque no hizo falta. Apenas logró hacer un gesto sin gracia con los dedos esqueléticos de su mano derecha, pero fue suficiente para ella y para mí. Fue un roce de una mano que no me pertenecía, o tal vez sí. Aunque todavía no estaba preparada para reconocerla. Aceptar aquel lado agrio de mí misma que arruinaba conversaciones y causaba peleas.

Pero cuando me llamó por un nombre que no era el mío, supe que no podía rechazarla. Era tan mía como yo era de ella. Y merecía vivir bajo sus leyes y términos tanto como yo.

Desde aquel murmullo ante mis pies, la miro distinto. Menos ajena. Más mía. Así que comencé a buscarla también. La veía con más frecuencia en los reflejos del espejo. Aprendí a caminar con ella, a entender sus susurros y súplicas, sus deseos y esperanzas, así como sus miedos y temores. Ella anhelaba ser mía, y yo quería hacerla mía.

Ahora, cada vez que la encuentro con los brazos extendidos saludando a la luna, le pregunto si puedo rezar con ella. Jamás se queja, y me hace un espacio en el lecho en donde descansa con las piernas entrelazadas. Me toma la mano con una ternura recién descubierta, y me dice palabras dulces al oído mientras me acaricia los hombros y el cuello, esperando que me relaje en su regazo.

Todavía recuerdo cuando me dijeron que mi cuerpo no me pertenecía. Y que mi sombra tampoco. Aunque no es tan difícil confiar en ella como dicen, porque es la única que nunca me ha dejado sola.

Por Antonia Díaz.

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