Me dijeron que cuerpo no me pertenecía. Y que mi sombra tampoco. Así que, durante toda mi vida, o gran parte de ella, solo se había dedicado a arrastrarse detrás de mí como un perro persiguiendo un hueso. A veces, la miraba cuando pestañea y yo no lo hacía. Ella me sonreía, con una boca que yo nunca tuve y una sonrisa amable que llegaba a sus ojos, mas no a los míos.